La salida

Antes de todo viaje la emoción es fuerte, especialmente si el viaje es por placer, y esas emociones siempre son superadas, bien sea por emociones buenas o no tan buenas, dependiendo de lo vivido, y en este viaje hubo de ambas, por eso creo que valió la pena.

Después de superados los inconvenientes de última hora se dio inicio al viaje pasadas las dos de la tarde del sábado y todo muy bien hasta iniciar el trayecto en la autopista norte, los ánimos estaban arriba y el trancón que iba desde la salida de Medellín hasta más allá Bello no iba a ser causa de disgustos apenas iniciando el paseo. Al pagar el primer peaje en las afueras de la ciudad uno comienza a sentirse ya en la ruta, de paseo, y la expectativa empieza a hacerse realidad, aunque la congestión vehicular hiciera tan lento el viaje hasta llegar a Cisneros. De ahí en adelante empezó a ser más fluido y a cambiar mucho el paisaje dejando las montañas atrás, cosa que además de hacerlo a uno consciente de la riqueza del paisaje del país, también da señales de que se está más lejos de casa y eso ya es paseo.

Siendo Mompox el destino del paseo, lo obvio era definir la ruta antes de la salida y gracias a las facilidades que ofrece Internet se determinó la ruta sin tener que ir a preguntar a otros viajeros que conocieran esas carreteras o sin acudir a los anticuados mapas o las guías de rutas turísticas que venden en los peajes.

La idea era sencilla: salir desde Medellín por la vía que pasa por Puerto Berrío, Barrancabermeja, San Alberto, El Banco, hasta llegar a Mompox por la ruta del sur, la menos usada, al menos desde el centro y occidente del país. Debe ser por lo poco transitada que encontramos tan pocas señales que indiquen la distancia o las rutas que llevan a nuestro destino. El regreso sería por la ruta más común que implica tomar el ferry sobre el Río Grande de La Magdalena, entre Mompox y Magangué, pero que en la realidad no sale de Mompox ni llega a Magangué.

Fin de la primera jornada

Dado que la salida de Medellín se retrasó un poco, hubo que amanecer en el camino y ya de noche una pequeña desviación involuntaria nos llevó hasta Barrancabermeja, que no estaba en la ruta. Ya de noche no valía la pena devolverse a seguir el camino correcto, sin embargo, fue un buen sitio para amanecer y descansar, después de haber pasado algunos pequeños disgustos en la carretera con los otros conductores imprudentes.

Por varias razones la noche nunca me ha parecido buena para viajar conduciendo, entre ellas, porque no se puede divisar el paisaje por donde se va pasando, mucho menos en rutas nuevas para uno; otra razón más obvia es que la visibilidad disminuye mucho y si la señalización vial no es buena se pueden correr riesgos innecesarios.

En la noche muchos animales silvestres empiezan a cruzar las carreteras y son demasiados los que mueren a causa de los carros que no disminuyen la velocidad, y tal vez el peor motivo de todos es la falta de cortesía por parte de los conductores que indiscriminadamente usan las carreteras las luces altas y hasta un tipo de luces “sobredimensionadas”, que creo están prohibidas por la norma y que nadie hace cumplir. Nada más fastidioso y riesgoso que unas luces de esas detrás, y mucho más cuando vienen de frente. Yo no sé si es que en los cursos de conducción no aprenden eso o la lógica no les da para darse cuenta de esa simple situación. Esa noche, afortunadamente llevaba unas buenas luces y la descortesía se me contagió.

Al segundo día de viaje la salida fue tempranito con la intención de llegar al destino sin afanes y poder disfrutar de los paisajes del camino. La falta de señalización hizo necesario pedir orientación a la gente de la zona, todos muy amables, pero de las cuatro personas a las que se les preguntó, solo uno nos dio buenas indicaciones, un señor mayor que iba en bicicleta en medio de una carretera solitaria y bajo un ardiente calor. Más adelante un empleado de una gasolinera no sabía cuál era la carretera que debíamos seguir, pues no conocía más allá del pueblo que seguía a unos 50 kilómetros de distancia y la empleada de un restaurante cercano a la gasolinera solo se limitó a responder: “¿Mompox, eso dónde es?” por lo que a tientas y recordando las instrucciones del señor de la bicicleta pudimos seguir otro trayecto hasta llegar a El Banco, la población más cercana a nuestro destino. Lo que queda claro es que señalización clara que nos orientara no hubo.

Ya en El Banco, donde el compositor José Barros creó su famosa canción La Piragua, había que buscar un nuevo desvío y allí encontramos la cuarta persona que nos dio información, un  señor moreno en moto, con mucha propiedad nos señaló la ruta contraria a la que debíamos seguir, y muy juiciosos le obedecimos. Quince kilómetros después se ganó su madrazo.

Después de retomar la ruta, otras personas también muy amables posibilitaron que el único aviso vial de todo el trayecto que dijera “MOMPOX” estuviera al alcanza de nuestra vista. Era un discreto aviso, pequeño y empolvado, pero suficiente para activar de nuevo el entusiasmo por conocer ese hermoso destino lleno de historia de la colonia y arquitectura republicana.

Por fortuna no había llovido durante los últimos días, porque de lo contrario ese trayecto final hubiera sido imposible de transitar, al menos en un automóvil, pues, aunque la vía era amplia, tenía trayectos sin pavimentar muy polvorientos y con unos huecos enormes que con el agua serían unos tragadales que ni a lomo de mula se podría atravesar (cuando retome el enduro seguramente me atreva a volver por allí en invierno, debe ser un buen reto). Lo seguro es que las próximas casas indicarían el destino final de esta ruta. Los primeros ranchos a orillas de la carretera no tardaron en verse, fue allí cuando las imágenes que consulté por internet empezaron a llegar a mi memoria y también fue en ese mismo instante en el que descubrimos que con la aplicación de Mapas que trae el celular es posible ver las rutas, orientarse correctamente por las carreteras y evitar desvíos innecesarios. ¡ya para qué!

La llegada

Ahora con todos los sentidos alerta y esperando ver una de las imágenes de las guías turísticas en vivo lo que cobraba protagonismo eran esos marranos empantanados, grandes, huesudos y peludos; el ganado grande, huesudo y peludo y la gente grande, flaca y… formalita. Pero las imágenes de las postales nada de nada y al intuir que estábamos saliendo de nuevo de ese caserío recordamos que el ingreso por la ruta que habíamos elegido había sido por la entrada trasera, por el solar, como cuando uno va a la casa de los vecinos de confianza, así que seguramente la entrada principal estaría más adelante.

Efectivamente así fue: se pudo leer el aviso en mosaico que decía “XOPMOM” antes de girar y ubicarnos en la ruta de la entrada principal, desde la cual se podía ver el mismo aviso en mosaico que al derecho decía “MOMPOX”. Ahora sí, pasado el mediodía, la tierra de la filigrana nos daba la bienvenida. Por esa nueva calle ya se olía el río y se sentía un raro vacío en el estómago, pero no por la emoción sino por el hambre, pues el desayuno había sido temprano y hacía un buen rato había pasado el mediodía, así que la prioridad era buscar restaurante, puesto que la ansiedad había sido superada por el hambre.

A las pocas cuadras, en medio del sofocante calor, nos dejamos atraer por el primer aviso de restaurante que vimos y solo allí, después de un exquisito plato comida de río (bagre) y otro de comida de mar (camarones), se recuperó aliento y empezamos a admirar la antigüedad de la construcción del restaurante, de la calle, las casas del frente, las tapias, los techos, los dinteles, los pisos… esto debe ser un paraíso para los arquitectos.

Supusimos que en sus inicios el pueblo no tenía más de tres calles, pues estábamos en la Calle Real del Medio y a un lado, hacia el río, estaba la calle de las Albarradas; para el otro lado, después de la siguiente cuadra, todo era polvoriento y las casas no eran más que ranchos, así que tres calles de ancho tiene la zona histórica de Mompox. Mucho contraste al alcance de la vista.

El mesero nos indicó que todos los hospedajes estaban en la Calle del Medio, por lo que no fue difícil encontrar hotel, bueno todos eran casi iguales: una enorme casa colonial acondicionada para hospedar al turista, la diferencia es que algunas tenían piscina en los patios y eran más ordenadas o que el administrador era mejor conversador que los otros.

Después de estar instalados lo mejor fue la piscina para refrescar el cuerpecito antes de ubicarse geográficamente y empezar a definir la ruta para conocer los sitios de interés, aunque también estuvo la propuesta de un guía local que hacía el recorrido turístico en dos horas y para no cansar mucho al turista ofrecía hacerlo en un taximoto hechizo, que seguramente un mecánico local adaptó para llevar cuatro personas en una moto que viene diseñada para dos.

Como los pueblos no se miran con los ojos en ráfaga, como dice el poema, y dado que no había ningún afán, decidimos hacer un recorrido en zig-zag por las tres calles, empezando por uno de los extremos del pueblo y buscando los treinta lugares que se promocionan en todas las páginas de turismo, sin afán alguno. Una pequeña caminada por los alrededores del hotel fue suficiente para definir el rumbo que se tomaría el día siguiente, sin guía, mientras tanto era hora de descansar y admirar la arquitectura y decoración del hotel.

LEE LA HISTORIA COMPLETA:

Parte 2: Crónica de un cascarrabias por Mompox (segunda parte – en el destino)

Parte 3:Crónica de un cascarrabias por Mompox (tercera parte – final)

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