Retomando el enduro (Medellín – Quibdó)
Octubre 12 al 14 de 2019

Después de varios años sin practicar el enduro llegó la invitación de unos amigos para repetir la ruta Medellín-Quibdó, que ya algunos de ellos habían recorrido. Ellos, que salen con frecuencia, han mantenido el ritmo y se nota la experiencia, aunque es claro que la intención no era correr riesgos innecesarios ni andar a altas velocidades, ni mucho menos vivir situaciones extremas, aunque a veces la ruta nos tentó.

El equipo: Juan David Ruiz, en XR650R; Camilo Quiceno, en XR650L; Carlos Londoño, en DR650 y Antonio Obando en XR250R.

Salimos el sábado a la madrugada desde Medellín, para encontrarnos en una estación de gasolina a las 4 a.m., más temprano de lo que yo deseara, pero para la ruta fue la mejor decisión. Ya listos y “tanqueadas” las motos iniciamos el recorrido por la Autopista Sur, pasando por el municipio de Caldas, para luego seguir la vía hacia el municipio de Venecia, ruta alterna, pues la principal ya lleva varios meses cerrada por un gigantesco derrumbe, y que aún no se sabe cuándo la habiliten. Por Venecia pasamos aún oscuro, por lo que, a pesar de llevar unos sesenta kilómetros de recorrido, todavía no nos habíamos visto las caras, pues por el afán (o más bien por Juan) de salir puntuales no hubo espacio para saludarnos. Ya llegando a Bolombolo había un poco de luz y las primeras sombras de nuestras figuras se veían delante de nosotros. Allí ya reconocí a Carlos, a quién había visto en otras ocasiones, pero con quien no había tenido la oportunidad de compartir.

La primera parada la hicimos en Ciudad Bolívar, último municipio del Departamento de Antioquia antes de ingresar al Chocó. Allí sin afán desayunamos, ya eran las siete de la mañana y aprovechamos para charlar un rato mientras nos servían el pedido, junto con un enorme buñuelo que nos hizo pensar en la gula, aunque fue fugaz ese pensamiento. Pasadas las ocho retomamos la ruta y pronto empezamos a ver, intercalados, unos tramos pavimentados y otros sin pavimentar, recordando que ya se han robado, en varias ocasiones, los recursos para su pavimentación completa. Pero como lo que nosotros buscábamos era precisamente los terrenos difíciles, usamos los tramos sin pavimentar para ir calentando, en especial yo que hacía mi primera ruta en esta moto después de varios años de no salir sobre las dos ruedas.

Pronto empezamos a encontrar los pasos alternos en los sectores donde había obras, momento en el que alguna charla teníamos o simplemente pensábamos en el momento en que la ruta se pusiera buena, es decir, que empezara el destapado, los huecos, los resaltos y todas esas irregularidades del terreno que hacen divertido el enduro. Pasamos por el Carmen de Atrato, El 7, El 12, El 17, El 18, lugares que inicialmente pensábamos que eran nombrados así por el kilometraje, pero según los nativos, no era así. Extraña forma de referenciar los lugares de una ruta que no ha sido nueva, seguramente que nombres tradicionales deben tener, pero no los usan, al menos para los viajeros.

Por donde había ríos generalmente había una comunidad indígena Emberá, y así fue hasta llegar a Quibdó. Después de bañarse en los charcos salían muchos niños desnudos corriendo por la vía, por lo que debíamos bajar la velocidad para evitar riesgos; los acompañaban mujeres que por lo general solo llevaban la falda puesta, no muchas usaban camisa; los hombres, casi todos de pantaloneta o pantalón corto, también sin camisa. En sus viviendas sobre estacas de madera no tenían mayor dotación, usualmente hamacas, utensilios de cocina y canastos de carga.

Cuando empezábamos a coger ritmo decidimos parar en una pequeña tienda para hidratarnos, revisar las motos y preguntar por la ruta, pero allí, en El 20, el joven tendero nos dijo que a dos curvas empezaba de nuevo el pavimento y que así seguía hasta Quibdó. Para bien de la comunidad, encontramos que han avanzado las obras de pavimentación, pero, para nuestra decepción, la trocha que esperábamos no había sido tanta. Luego pasamos por Tutunendo, lugar con un río esmeraldado digno de ser patrimonio. A los pocos minutos, sin esperarlo, se nos apareció un aviso que nos daba la bienvenida a Quibdó.

En realidad, esta vía que conecta las ciudades capitales de Antioquia y Chocó tan solo tiene una extensión de 230 kilómetros y la recorrimos en unas cinco horas, descontando las paradas, contrario a las experiencias anteriores, en que había otras condiciones y su recorrido podría tomarse gran parte del día.

Las chaquetas, los cascos, los guantes, el sofocante calor y la alta humedad nos estaban deshidratando muy pronto, así que entramos al primer restaurante que encontramos, dejándonos pensativos la seguridad del sector, pues los palillos estaban amarrados con cuerditas a unas pequeñas repisas, por donde los comensales pasaban a sacar su palillito. Allí preguntamos por un restaurante que no ha podido salirse de la memoria de Juan David, pues esa cazuela de mariscos creo que fue la que lo motivó a hacer esta ruta y volver a vivir esa experiencia gastronómica a orillas del Atrato.

El hotel, sí, limpio y ordenado, a excepción de que no tenía parqueadero, como lo decían en su anuncio, así que tocó descargar maletas e ir a buscar dónde guardar las motos para luego instalarnos en las habitaciones. Eran las dos de la tarde y ya estábamos prestos a conocer Quibdó y dejarnos sorprender por su cultura… Bueno por su altísimo ruido en el que se distinguían pitos de vehículos, música estridente y campañas políticas con megáfonos, gritos e instrumentos musicales disonantes.

Una cerveza para hidratar y luego salimos hacia el Malecón, a turistear. Dimos algunas vueltas antes de llegar, por lo que, en el trayecto, podíamos comprar cerveza en una barbería, en la carnicería o hasta en tiendas de mercado; allí cualquier sitio es cantina, aunque tenga aviso de farmacia. Todos tienen enormes equipos de sonido que no dejan ni escuchar para hacer el pedido, pero nos las arreglamos como pudimos y llegamos al malecón con dos o tres cervezas encima. Caminamos hasta llegar al famoso restaurante “donde venden la mejor cazuela del mundo”, según Juan David, pero estaba muy temprano para comer y decidimos caminar por el entorno mientras hacíamos tiempo, cosa que no recomendamos, creemos que nos estaban observando algunos personajes de la zona, en especial desde una sospechosa sede política de un segundo piso. Al fin nos hicimos los turistas desprevenidos y pendejos (lo que no nos costó mucho) y nos metimos a una tienda a tomarnos otra cerveza y a ver las cosas tan extrañas que venden en las vitrinas. Rato después pudimos comprobar que la cazuela de mariscos y la cazuela chocoana son de las mejores que hemos probado, en especial si se es refrescado por la suave brisa del Río Atrato.

Al regreso para el hotel decidimos caminar y ya llegando nos cruzamos en una esquina con un extraño grupo de personas que imponían sus manos a diestra y siniestra, como exorcizando la ciudad y allí, en medio de ellos, iban cuatro desprevenidos turistas paisas, los únicos blanquitos en medio de toda esa piel oscura. Otra cosa que nos sorprendió fue el pescado fresco en extremo que vimos, unos animales feos que, a pesar de llevar varias horas en la plaza de mercado, aún respiraban.

Sin muchas ganas de seguir siendo turistas de ciudad, debatimos un rato sobre qué más podíamos hacer en ese lugar, así que una opción era regresarnos, un día antes de lo previsto, por la salida hacia Risaralda, pero a Carlos se le ocurre decirnos que conocía una trocha entre el Carmen de Atrato y Urrao, la habían recorrido hace unos años en ocho horas. No hubo que pensarlo, cancelamos la reserva del hotel donde estábamos e hicimos otra reserva en Urrao para la noche siguiente.

La falta de trocha se nos estaba notando, así que a eso de las siete de la mañana del domingo salimos deshaciendo nuestra ruta de llegada, después de que escampara el intenso aguacero chocoano que cayó durante la noche. El plan era llegar a eso de las nueve o diez de la mañana a El Carmen de Atrato, pero un inesperado derrumbe nos detuvo un rato, antes de que pasáramos, primero, la moto de camilo, donde Carlos fue “por accidente” bañando en lodo. Ya dispuestos a pasar las demás motos, llegó el SISO del contratista de la vía y nos impidió pasar las demás motos. No quedó de otra que esperar a que llegara la maquinaria a abrir paso de nuevo. Al mediodía estábamos en El 7, donde desayunamos y tanqueamos las motos. Las ocho horas de trocha entre El Cármen y Urrao se redujeron a tres y media, según nos dijeron allí que se demoraba el recorrido que, además, debíamos pasar por un páramo.

Ya con la experiencia, nos aprovisionamos de líquido y frutos secos, para no aguantar hambre en el camino que nos esperaba. Algo más de una hora después, se nos aparece un inmenso valle cruzado por un río, en medio de un espeso bosque y uno que otro cultivo que no supimos si era tomate de árbol, lulo o gulupa. Luego nos dijeron que ese imponente paisaje pertenece a la vereda Pabón, de Urrao, así pues, el recorrido de las tres horas y media “en esas motos”, como nos decían los campesinos, lo hicimos en hora y media. Recorrido bellamente adornado por un paisaje aún sano de minería y rico en agua y agricultura.

En Urrao nos esperaba otro antojo gastronómico: las arepas con queso del “Tío” frente al hotel. Aunque estaban buenas, no me sorprendieron, más lo hicieron las empanadas con ají del parque y que costó bastante encontrar, pues en los pueblos ya hay más chazas con pizza y hamburguesa callejera que comida criolla. A mis compañeros sí les brillaban los ojos comiendo arepa.

 

 

 

En el hotel de Urrao, como en Quibdó, mi habitación tenía tres camas, lo que me hizo sentir algo solitario, así que me las arreglé para hablar con un amigo cercano, algo así como Wilson, el amigo de Tom Hanks en la película Náufrago.

Ya en la noche salimos con la intención de tomarnos un ron en honor a los amigos que no estuvieron y nos encontramos con un conocido local, “Sabrosito” quien nos contó, entre otras, la historia de “Salchichón”, un tipo noble, alcohólico y que duerme en las bóvedas del cementerio, de lo que se han desprendido algunas anécdotas. También estuvimos en una licorera, donde el propietario lleva ocho años siendo el presidente de Alcohólicos Anónimos, algo paradójico, pero cierto.

Para el lunes la ruta recomendada fue la de salir por Caicedo, terreno destapado, en su mayoría, hasta Santafé de Antioquia. La salida se retrasó un poco debido a nuestra visita de urgencia al hospital local, pues Camilo amaneció con una molestia en el ojo. La médica que lo atendió no pudo encontrar nada, así que tuvimos que esperar a que llegara el oftalmólogo del pueblo, otro personaje particular, pues se le “apagaban” sus ojos de manera alternada. Al verlo y al escuchar sus recomendaciones nos quedaron dudas, como si nos atendiera, por ejemplo, un nutricionista obeso. Finalmente salió Camilo con su parche en el ojo, el cual debía dejarse hasta las once de la mañana, luego de lo cual iniciamos la ruta.

Sin percances y con muchísimas mariposas en la trocha cruzamos otro maravilloso territorio, pasando por Caicedo hasta Santafé de Antioquia, luego planeamos almorzar en un restaurante típico del camino, pero al cruzar por San Jerónimo se pinchó mi llanta delantera, lo que nos retrasó un rato mientras nos devolvíamos hasta el montallantas, unas dos curvas antes. Estando allí, el diagnóstico del mecánico fue que el problema era del gusanillo, lo cambió, volvió a montar la llanta y decidimos almorzar en un lugar cerca. Ya con calma retomamos la ruta y unos metros más arriba del pinchazo anterior reincidió la misma llanta. Bastante desilusionado empezamos a inflar con la bomba mecánica que llevaba Juan David, pero botaba todo el aire, así que me monté en la moto y así volví hasta el montallantas, para resolver, en definitiva, con un nuevo neumático, el percance. A manera de broma me mandaron adelante, para que después de cruzar la curva de los pinchazos, los llamara si superaba el paso. Al final, la llegada a Medellín se nos retrasó dos horas y después de lavar el pantano que traje, me siento a escribir estas notas para no olvidar mi retorno a las trochas.

Detalles quedan por fuera, como la caída de Camilo, las discusiones de pareja entre Juan y Carlos y uno que otro resbalón por ahí, pero como no hubo mayores consecuencias, no la vamos a comentar, por ahora.

Fotos: Camilo
Estadísticas: Juan David
Reportes meteorológicos del SIATA: Carlos (sí, usó el SIATA para el Chocó, y no llovió)
Texto: Antonio

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